Hay conversaciones que no se tienen con otra persona: se tienen con una misma. Y como nadie las agenda, se postergan. El problema es que lo que no se conversa, se somatiza, se repite, se disfraza. Estas son las cinco señales que más veo en las sesiones.
Uno: el cansancio que no se va durmiendo. No es físico, es de fondo. Es el cuerpo gastando energía en sostener una decisión que ya sabés y no tomás.
Dos: el mismo vínculo con distinta cara. Cambiás de persona, de laburo, de grupo, y a los tres meses estás en la misma escena con otro elenco. Cuando la trama se repite, el personaje a revisar sos vos.
Tres: el modo automático. Los días pasan en piloto y la única emoción fuerte es el alivio de que terminen. La energía no desapareció: está estacionada esperando que la mires.
Cuatro: la irritabilidad con quien te quiere bien. Le contestás mal a quien menos se lo merece porque es el lugar seguro donde descargás lo que no le estás diciendo a quien corresponde — empezando por vos.
Cinco: la fantasía de borrar todo. Soñar con irte lejos sin plan concreto no es wanderlust: es el deseo de una conversación tan honesta que reinicie el tablero. La buena noticia es que no hace falta mudarse para tenerla.
Si te reconociste en dos o más, no hace falta que esperes a que pase. Una sesión de AstroTarot está pensada exactamente para eso: una hora para leer el momento con precisión y ponerle palabras a lo que venís sintiendo. La conversación empieza ahí.
