Cada semana alguien me escribe para preguntarme qué le va a pasar. Si va a volver ese vínculo, si le va a ir bien en el trabajo nuevo, si este año por fin se acomoda todo. Lo entiendo: la incertidumbre cansa, y la promesa de un adelanto es seductora. Pero mi respuesta es siempre la misma, y es la que menos se vende: no te voy a decir qué te va a pasar.
No por soberbia ni por misterio. No lo hago porque la predicción tiene un efecto colateral que nadie menciona: te saca del centro de tu propia vida. Si te digo que en marzo llega alguien, vos dejás de mirar marzo como un terreno donde decidís y lo convertís en una sala de espera. La astrología, usada así, no empodera: adormece.
Yo trabajo al revés. Tomo tu carta natal — ese mapa simbólico con siglos de antigüedad — y la uso para diagnosticar tu presente: qué energía estás habitando, qué patrón se te repite, qué conversación venís postergando con vos misma. El símbolo no adivina; ilumina. Y lo que ilumina, te devuelve la capacidad de elegir.
Hay una diferencia enorme entre salir de una sesión sabiendo qué va a pasar y salir sabiendo quién sos frente a lo que pase. Lo primero dura hasta que la realidad no coincide. Lo segundo dura para siempre, porque te lo llevás puesto.
Por eso digo que no predigo el futuro: diagnostico el presente. El guión de lo que viene no lo tengo yo guardado en un cajón. Lo escribís vos, todos los días, con decisiones chicas. Mi trabajo es darte el mapa para escribirlo a conciencia.
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